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Valentín, el hijo que esperó durante años y que dejó una huella para toda la vida

por María del Carmen Coronell

Valentín, el hijo que esperó durante años y que dejó una huella para toda la vida

Soy María del Carmen Coronell, colombiana, y hace ocho años vivo en Chile, donde tengo residencia definitiva. Estoy casada con Alexis, mi esposo chileno.

Quiero contar mi historia porque durante mucho tiempo soñé con ser mamá y, después de un largo camino, finalmente logré quedar embarazada de manera natural. Ese embarazo se convirtió en una de las experiencias más importantes de mi vida, pero también en la más dolorosa.

Durante años intenté quedar embarazada sin conseguirlo. En mayo de 2025 comencé un tratamiento de fertilidad. Tenía miedo, muchas dudas y también mucha fe. Además, tenía dos miomas, por lo que inicié una serie de estudios y tratamientos.

Durante algunos meses tomé hormonas para estimular la ovulación y seguimos las indicaciones que nos habían dado, pero el embarazo no llegaba. Más adelante me recomendaron evaluar la posibilidad de una cirugía para retirar los miomas.

Entre noviembre y diciembre decidí bajar un poco el ritmo, dejar de pensar tanto en el tema y ponerlo en manos de Dios. Seguí con mi vida, tratando de estar más tranquila.

El 8 de enero nos casamos y, durante nuestra luna de miel, quedé embarazada.

Todavía me cuesta explicar lo que sentí ese día. Me hice tres pruebas porque no podía creerlo. Durante tanto tiempo había pensado que quizás no podría quedar embarazada de manera natural y, de pronto, ahí estaba el resultado.

Me arrodillé, llorando y dando gracias a Dios. Durante años había pedido tener un hijo y ahora había una vida creciendo dentro de mí.

Cuando se lo conté a mi esposo, también lloró de felicidad.

En febrero tuve un sangrado, pero mi bebé siguió adelante. Estuve más de un mes con licencia y después regresé a trabajar. Todo parecía avanzar hasta que llegó el día de una ecografía que cambiaría nuestra historia.

Íbamos muy emocionados a ver nuevamente a nuestro bebé, Valentín. Sin embargo, durante el examen comenzaron a aparecer señales que nos preocuparon. Nos explicaron que estaba muy por debajo del peso esperado para su edad gestacional.

También comenté que había notado un poco de hinchazón en mis manos y cambios en la orina. Me indicaron que debía ir a urgencias.

Ese 9 de junio quedé hospitalizada.

Pasé 23 días internada. Fueron días muy difíciles, llenos de exámenes, incertidumbre y miedo. Mis presiones estaban muy elevadas y aparecieron alteraciones en distintos exámenes. Al mismo tiempo, nos informaron que Valentín tenía una restricción de crecimiento y que su peso era muy bajo para la edad gestacional.

Pesaba apenas 370 gramos.

Nunca imaginé que algo así pudiera pasarme. Yo había seguido mis controles y las indicaciones que me habían dado, incluso tomando medicamentos preventivos durante el embarazo.

Me preguntaba una y otra vez: ¿por qué a mí?, ¿por qué a mi bebé?

Los médicos nos explicaron que continuar con el embarazo implicaba riesgos importantes para mi salud y que, en cualquier momento, podía ocurrir una complicación grave. Aun así, yo me aferraba a Valentín con todas mis fuerzas.

Tenía fe en que podía seguir creciendo.

Llegué a la semana 26 esperando que las cosas cambiaran, pero Valentín no estaba ganando el peso que necesitaba. Yo intentaba hacer todo lo que estaba a mi alcance. Cambié mi alimentación, traté de mantenerme tranquila y muchas personas comenzaron a orar por nosotros.

Durante esos días también me realizaron numerosos estudios para intentar entender qué estaba ocurriendo. Algunos resultados fueron normales, pero la situación de Valentín seguía siendo muy delicada.

Cada día aparecía una nueva preocupación. Nos explicaban que él era muy pequeño y que sus posibilidades de sobrevivir eran muy bajas.

Yo no quería aceptar esa realidad.

Mi familia estaba lejos. Mi mamá estaba en Colombia y, en Chile, mi esposo, algunas amigas y las personas que me acompañaron durante esos días se convirtieron en mi principal apoyo.

Lloré muchísimo.

Hubo un momento en que sentí que ya no podía más. Los estudios mostraban que Valentín estaba cada vez más comprometido. Había alteraciones en distintos parámetros y cada vez recibía menos oxígeno.

Finalmente, con todo el dolor de mi alma, tuve que tomar una decisión que jamás imaginé que tendría que enfrentar.

Acepté interrumpir el embarazo porque Valentín ya estaba gravemente comprometido y continuar significaba poner en riesgo mi vida, mientras que sus posibilidades de sobrevivir si nacía eran prácticamente nulas.

También acepté realizar estudios adicionales para descartar que existiera alguna condición genética. Los resultados fueron negativos. Con el tiempo entendimos que el problema estaba relacionado con la placenta, que había dejado de entregarle adecuadamente los nutrientes y el oxígeno que necesitaba para crecer.

Valentín, el hijo que esperó durante años y que dejó una huella para toda la vida — imagen 2

Ese mismo período recibimos otra noticia devastadora: una ecografía mostró que Valentín había sufrido un daño cerebral.

Yo no supe cómo reaccionar. Solo me quedé mirando a mi alrededor e intenté mantener la calma.

La noche anterior me arrodillé en el baño, llorando, y le dije a Dios que aceptaba su voluntad. Le pedí que, si era el momento de dejarlo ir, pudiera regresar a sus brazos.

Después de todo lo que había vivido, sentía que ya no podía seguir luchando contra algo que estaba fuera de mis manos.

El proceso de parto comenzó el 22 de junio.

El 24 de junio nació mi hijo, Valentín.

Pero nació sin vida.

Sentí que había llegado el momento que tanto temía. Durante el embarazo habíamos imaginado tantas cosas juntos. Estábamos a pocas semanas de hacer su baby shower, teníamos su cunita, su ropa, la decoración que queríamos preparar y tantos planes para nuestra vida como familia.

Todo estaba listo para recibirlo.

Y de un momento a otro, tuve que aprender a vivir sin él.

No tuve el valor de verlo. Hasta hoy me pregunto cómo habría sido ese momento y, a veces, pienso que quizás debería haberlo hecho. Pero en ese instante simplemente sentí que no podía soportarlo.

Tengo algunas fotografías y sus huellas, recuerdos que guardo con mucho amor.

Después del parto permanecí algunos días más hospitalizada. Recuerdo especialmente la sensación de volver a casa con mis brazos vacíos.

Mi esposo y yo estábamos completamente devastados.

Con el apoyo de una fundación pudimos realizar todos los trámites necesarios y despedir a nuestro hijo. Fue una ceremonia muy dolorosa, pero también muy importante para nosotros. Necesitábamos despedirnos de Valentín y reconocer su existencia, aunque su paso por nuestras vidas haya sido tan breve.

Han pasado meses y todavía hay momentos en que siento que todo fue una pesadilla y que, en algún momento, voy a despertar y nada de esto habrá ocurrido.

Perder un hijo es un dolor que no sabía que existía. Hay momentos en que falta el aire, duele el cuerpo, duele el pecho y parece imposible explicar lo que uno está sintiendo.

Busqué ayuda profesional para poder atravesar este duelo y sigo intentando avanzar día a día. No ha sido fácil, pero estoy aprendiendo que el duelo también tiene sus propios tiempos.

Hoy quiero transformar parte de este dolor en algo que pueda ayudar a otras mujeres.

He estado estudiando e informándome sobre la preeclampsia y me gustaría, en el futuro, crear una fundación que pueda acompañar a mujeres durante el embarazo, entregándoles apoyo emocional y promoviendo hábitos saludables, actividad física, alimentación y controles prenatales.

Creo que es muy importante que las mujeres conozcan los factores de riesgo, sepan reconocer las señales de alerta y tengan acceso a información y acompañamiento durante el embarazo.

La preeclampsia puede aparecer incluso en mujeres jóvenes y sin antecedentes de problemas de salud, por lo que siento que hablar de prevención, controles y educación puede ser muy importante.

Quizás este sea el propósito que hoy puedo encontrar dentro de una experiencia que jamás elegí vivir.

Valentín estuvo conmigo durante 26 semanas y dejó una huella para toda la vida.

Sé que algún día podré contar su historia sin que duela de la misma manera.

Y mientras tanto, quiero seguir hablando de él.

Porque fue, es y siempre será mi hijo.