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Aprender a ser mamá mientras reconstruye su relación con el cuerpo y la comida

por Daniela Gallardo Thenoux

Aprender a ser mamá mientras reconstruye su relación con el cuerpo y la comida

Quiero contar mi historia porque durante muchos años viví una relación muy difícil con mi cuerpo y con la comida. Y cuando fui mamá, esa relación volvió a ponerme a prueba de una manera que nunca imaginé.

Mi trastorno alimentario comenzó cuando estaba en séptimo u octavo básico. No hubo una sola razón. Fueron muchas cosas que se fueron acumulando: comentarios sobre mi cuerpo dentro de mi propia familia, comparaciones, bullying durante la adolescencia y una autoestima que estaba cada vez más dañada.

Poco a poco, la comida dejó de ser simplemente comida. Mi cuerpo se transformó en una preocupación constante y empecé a vivir atrapada en pensamientos que cada vez ocupaban más espacio en mi vida.

Con los años hice terapia y distintos tratamientos. Fui aprendiendo que la anorexia no es algo que simplemente desaparece de un día para otro. Es una enfermedad con la que aprendes a convivir, buscando herramientas que te permitan estar mejor y seguir adelante.

Con el tiempo pensé que había aprendido a manejarla. Había construido herramientas y seguía con mi vida.

Hasta que quedé embarazada de mi hija.

Desde el comienzo sentí mucho miedo.

Sabía que el embarazo significaría cambios en mi cuerpo, que iba a subir de peso y que mi cuerpo comenzaría a transformarse para darle espacio a mi bebé. Y enfrentar todos esos cambios mientras convivía con un trastorno alimentario fue mucho más difícil de lo que imaginaba.

Durante el primer trimestre tuve muchas náuseas y vómitos. Incluso bajé de peso.

Pero a medida que avanzaba el embarazo, mi cuerpo empezó a cambiar cada vez más. Y con esos cambios también aparecieron nuevamente la angustia, la culpa y el miedo de no reconocerme.

Era extraño porque, por un lado, estaba viviendo uno de los momentos más importantes de mi vida. Estaba esperando a mi hija y quería disfrutar ese embarazo. Pero, al mismo tiempo, había una parte de mí que estaba luchando con cada cambio que veía en mi cuerpo.

Intentaba convivir con ambas cosas.

Con la felicidad de saber que iba a ser mamá y con una enfermedad que seguía formando parte de mi vida.

Después nació mi hija y pensé que quizás lo más difícil había quedado atrás.

Pero el postparto fue todavía más complejo.

Mi cuerpo necesitaba tiempo para recuperarse y a mí me costaba muchísimo aceptar que ya no se veía como antes. Me desesperaba que la ropa que usaba antes ya no me quedara y comenzaron a aparecer pensamientos muy destructivos sobre mi cuerpo y mi imagen.

Mientras estaba aprendiendo a ser mamá, también estaba intentando volver a sentirme cómoda conmigo misma.

Y no lo estaba logrando.

Dejé de alimentarme adecuadamente, abusé de los laxantes y comencé a hacer ejercicio de manera excesiva con la intención de recuperar rápidamente el cuerpo que tenía antes del embarazo.

Hoy, cuando miro hacia atrás, puedo entender que estaba atravesando una etapa muy difícil.

Estaba amamantando a mi hija, aprendiendo a cuidarla, adaptándome a una nueva vida y, al mismo tiempo, seguía luchando contra mi enfermedad.

Había días en que me costaba mucho reconocer a la mujer que estaba detrás de todo eso.

Con el tiempo he aprendido a mirar a esa Daniela con mucha más compasión.

No desde el juicio, sino entendiendo que estaba haciendo lo que podía con las herramientas que tenía en ese momento.

Y también entendí algo que para mí es muy importante: convertirse en mamá no hace que desaparezcan las dificultades que una tenía antes.

La maternidad puede traer mucha felicidad, pero también puede remover inseguridades, miedos y heridas que creíamos superadas.

Por eso creo que necesitamos hablar mucho más de salud mental durante el embarazo y el postparto.

Y también de los trastornos alimentarios.

Porque muchas veces se habla del cuerpo de la mujer durante el embarazo desde el peso, desde cuánto debería subir o cómo debería verse. Y pocas veces nos detenemos a pensar en lo que puede significar todo eso para una mujer que tiene una relación difícil con su cuerpo o que ha vivido un trastorno alimentario.

Yo sé que no fui la única.

Y por eso quiero contar mi historia.

No para generar lástima ni para quedarnos en la parte más difícil, sino para abrir una conversación y, sobre todo, para entregar esperanza.

Porque vivir con anorexia no significa que no puedas ser mamá.

Tampoco significa que seas una mala mamá.

Y pedir ayuda no te hace menos mamá.

Hoy sigo aprendiendo a convivir con mi enfermedad. Sigo construyendo herramientas y entendiendo que este proceso no tiene que ser perfecto para poder avanzar.

También aprendí que hay momentos en los que necesitamos pedir ayuda y dejarnos acompañar.

Si pudiera decirle algo a una mujer que hoy está embarazada o viviendo su postparto mientras enfrenta un trastorno alimentario, sería que no está sola.

Que lo que siente merece ser escuchado.

Que no tiene que vivirlo en silencio.

Y que buscar ayuda es también una forma de cuidarse y de cuidar a su hijo.

Creo profundamente que hablar de estos temas puede hacer que otras mujeres se sientan menos solas.

Quizás alguien lea mi historia y reconozca algo de lo que está viviendo. Quizás una mujer que hoy siente culpa por no sentirse cómoda con su cuerpo después de convertirse en mamá entienda que no es la única.

Y si mi historia logra que aunque sea una sola mujer se sienta comprendida, pida ayuda o deje de sentirse sola, para mí habrá valido la pena compartirla.

Porque no estamos solas.

No somos malas mamás por vivir esto.

Y sí, existe ayuda.