Convertirse en mamá mientras aprende a vivir con la ausencia de la suya
por Dalí Smague

Soy mamá y hoy quiero contar una parte de mi historia que ha marcado profundamente mi manera de vivir la maternidad.
Mi mamá falleció cuando yo tenía cuatro meses de embarazo de mi primer hijo.
Todavía me cuesta explicar lo que significó vivir ambas cosas al mismo tiempo: despedir a mi mamá mientras, dentro de mí, comenzaba a crecer mi hijo.
Soy francesa-chilena. Mi familia paterna vive en Francia y, durante la enfermedad de mi mamá, mi hermano y yo fuimos sus principales acompañantes. Cuando él se fue a Francia por sus estudios, me quedé junto a ella.
Y después de su muerte, mi mundo cambió por completo.
De pronto, mientras yo estaba atravesando uno de los duelos más importantes de mi vida, también tenía que prepararme para convertirme en mamá.
Había imaginado muchas veces cómo sería ese momento. Pensaba en mi mamá acompañándome, aconsejándome, respondiendo esas preguntas que una hace cuando está esperando a su primer hijo.
Pero mi embarazo estuvo marcado por una ausencia que se hizo especialmente evidente en esos pequeños momentos cotidianos.
Esos momentos en que una piensa: "¿Y ahora a quién le pregunto?".
Porque cuando te conviertes en mamá aparecen muchísimas dudas. Hay cosas que una aprende leyendo, preguntando o buscando información, pero también hay una parte de la maternidad que una imagina compartir con su propia mamá.
Yo ya no tenía esa posibilidad.
Durante ese tiempo, mi pareja se convirtió en mi principal apoyo. Tenerlo a mi lado fue muy importante para poder atravesar el embarazo y comenzar este nuevo camino. Fuimos aprendiendo juntos, acompañándonos y construyendo nuestra propia manera de vivir la maternidad.
Pero el duelo seguía ahí.
Y creo que una de las cosas más difíciles fue entender que podía estar feliz por la llegada de mi hijo y, al mismo tiempo, sentir una tristeza enorme por la ausencia de mi mamá.
Ambas emociones podían existir juntas.
Podía estar esperando con ilusión a mi bebé y, al mismo tiempo, desear profundamente que mi mamá estuviera aquí para conocerlo.
Mi hijo nació y comenzó una nueva etapa de mi vida.
Hoy tiene cinco meses y recién estoy empezando a comprender todo lo que significa ser mamá.
A veces lo miro y pienso que él está creciendo sin conocer a su abuela, mientras yo estoy aprendiendo a ser mamá sin tener a la mía.
Esa frase resume gran parte de lo que ha sido esta experiencia para mí.
Pero hay otra parte de mi maternidad que también es muy importante.
Mi idioma natal es el francés. Aunque llevo prácticamente toda mi vida en Chile, el francés es una parte fundamental de quién soy, de mi historia y de mi familia.
Y ahora que soy mamá, quiero entregárselo también a mi hijo.
Quiero que sea bilingüe. Quiero que pueda conocer ese idioma, esa cultura y una parte de su historia que también viene de mí.
Pero hacerlo depende principalmente de mí, porque nuestro día a día transcurre en español.
Así que mientras aprendo a ser mamá sin mi propia mamá, también estoy intentando transmitirle a mi hijo una parte de mí.
A veces pienso que quizás esa es una de las formas en que puedo mantener viva parte de mi historia.
Enseñarle palabras en francés, hablarle de mi familia, contarle de dónde vengo y entregarle algo que algún día espero que él también sienta como propio.
La maternidad me ha enseñado que las redes de apoyo no siempre son como una las imagina.
Hay mujeres que tienen a sus mamás cerca, otras que tienen a sus hermanas, amigas, parejas o familiares. Y también hay mujeres que, por distintas circunstancias, tienen que construir nuevas formas de sentirse acompañadas.
Yo he tenido la fortuna de contar con mi pareja y con personas que han estado presentes en este proceso, pero hay una ausencia que inevitablemente me acompaña.
Extraño a mi mamá en momentos que quizás ella nunca imaginó.
En preguntas pequeñas.
En decisiones cotidianas.
En esos momentos en que simplemente quisiera llamarla y contarle algo sobre mi hijo.
Y también la extraño cuando pienso en todo lo que ella se está perdiendo de él.
Pero con el tiempo he aprendido que el duelo y la maternidad pueden convivir.
La vida no vuelve a ser la misma después de una pérdida así, pero poco a poco una aprende a hacer espacio para nuevas emociones, nuevos recuerdos y nuevas formas de seguir adelante.
Mi hijo también me ha ayudado a mirar hacia el futuro.
Hay algo muy especial en pensar que, aunque él no podrá conocer a su abuela como yo hubiera querido, yo puedo hablarle de ella.
Puedo contarle quién fue.
Puedo enseñarle fotografías.
Puedo transmitirle historias.
Y puedo hacer que una parte de ella también forme parte de su vida.
Hoy estoy aprendiendo a ser mamá mientras también sigo aprendiendo a vivir con la ausencia de la mía.
No siempre es fácil.
Hay días en que la extraño muchísimo y otros en que puedo mirar mi vida con más tranquilidad y sentir que, de alguna manera, todo va encontrando su lugar.
Creo que muchas mujeres viven maternidades atravesadas por duelos, ausencias o redes de apoyo diferentes a las que habían imaginado.
Mujeres que extrañan a sus propias madres.
Mujeres que están criando lejos de sus familias.
Mujeres que están aprendiendo a maternar mientras también están procesando una pérdida.
Y creo que necesitamos hablar más de esas maternidades.
Porque no existe una sola manera de convertirse en mamá.
Cada una llega a la maternidad con su propia historia, sus propias heridas, sus propios apoyos y también sus propias fortalezas.
Yo estoy aprendiendo a construir la mía.
Una maternidad en la que mi mamá ya no está físicamente, pero sigue siendo parte de mi historia.
Una maternidad en la que mi hijo está creciendo entre dos idiomas y dos culturas.
Una maternidad en la que estoy aprendiendo, día a día, a acompañar a mi hijo mientras también aprendo a acompañarme a mí misma.
Y quizás eso es lo que más quiero transmitir con mi historia: que aunque la maternidad no sea como la imaginamos, podemos encontrar nuestra propia manera de vivirla.
Podemos extrañar.
Podemos llorar.
Podemos sentir felicidad y tristeza al mismo tiempo.
Y también podemos seguir construyendo una vida llena de amor.
Hoy miro a mi hijo y pienso en todo lo que todavía nos queda por vivir.
Él está comenzando a conocer el mundo y yo estoy comenzando a conocer esta nueva versión de mí.
Y aunque me habría encantado vivir este camino junto a mi mamá, quiero creer que todo lo que ella me enseñó también forma parte de la mamá que estoy siendo.
Quizás esa sea una de las maneras más bonitas de sentir que, de alguna forma, ella también sigue acompañándome.
