A los 22 años, enfrentar un diagnóstico que cambió su vida y su relación con la salud femenina
por Marcela Celis

Quiero contar mi historia porque mi embarazo fue un camino lleno de incertidumbre, miedo y momentos en los que no sabía qué iba a pasar. Pero también fue una experiencia que me enseñó a tener paciencia, a encontrar fuerzas cuando sentía que no podía más y a valorar cada pequeño avance de mi bebé.
Todo comenzó a las 21 semanas de embarazo, cuando me hospitalizaron porque tenía el cuello del útero borrado y las membranas en forma de reloj de arena. De un momento a otro, mi embarazo se convirtió en una espera llena de preguntas. Mi bebé todavía era muy pequeñito y yo solo quería que siguiera creciendo dentro de mí.
Me realizaron distintos exámenes para evaluar mi situación y, finalmente, surgió la posibilidad de hacerme un cerclaje cervical, un procedimiento que podía ayudar a prolongar el embarazo. Después de varios días de hospitalización, me lo realizaron de urgencia cuando ya había cumplido las 22 semanas.
En ese momento todo era incierto. Todavía no llegábamos a la semana de viabilidad y nadie podía asegurarme cuánto tiempo más lograríamos seguir adelante. Existía la posibilidad de que el cerclaje no fuera suficiente y que mi bebé naciera antes de tiempo.
Tres días después del procedimiento comencé con contracciones. Lograron detenerlas con medicamentos y pude continuar con mi embarazo. Permanecí hospitalizada hasta las 26 semanas y, cuando finalmente pude volver a casa, tuve que mantener reposo absoluto.
Cada día que pasaba era importante. Mi mayor deseo era que mi bebé siguiera creciendo, que ganara tiempo y que pudiéramos llegar lo más lejos posible. Vivía pendiente de cada avance, aferrándome a la esperanza de que todo saliera bien.
Hasta que, a las 33 semanas y tres días, rompí bolsa.
Eran las nueve de la noche cuando comenzó una nueva etapa de incertidumbre. Me fui al hospital y trataron de detener las contracciones para poder administrarme nuevamente el tratamiento de maduración pulmonar, ya que el que me habían realizado semanas antes necesitaba repetirse.
Pero las contracciones no se detuvieron y llegó el momento de retirar el cerclaje.
Mi bebé nació a las 4:30 de la madrugada, pesando 2.328 gramos y midiendo 46 centímetros.
Después de tantas semanas esperando, de vivir con miedo y de no saber cuánto tiempo más lograríamos seguir juntos dentro de mi guatita, por fin había nacido. Sin embargo, todavía teníamos un camino por recorrer antes de poder irnos a casa.
Mi bebé presentó síndrome de dificultad respiratoria y necesitó apoyo respiratorio durante dos días. Después permaneció 22 días en neonatología, donde recibió los cuidados que necesitaba para recuperarse y fortalecerse.
También tuvimos dificultades con la alimentación. Mi bebé todavía no sabía succionar y no lograba acoplarse al pecho. Era algo que yo deseaba mucho, pero que no estaba resultando como esperaba.
Aun así, no dejé de intentarlo.
Durante su hospitalización me extraía leche tres veces al día y también contaba con extracción domiciliaria. Para mí era muy importante poder entregarle mi leche y sentir que, a pesar de todo lo que estábamos viviendo, había algo que podía hacer por él.
Recuerdo la alegría que sentía cuando me felicitaban porque mi bebé recibía lactancia materna exclusiva, aunque al principio fuera a través de una sonda. Detrás de cada extracción había tiempo, esfuerzo y muchas ganas de seguir adelante.
Cuando finalmente nos dieron el alta, pensé que por fin podríamos comenzar nuestra vida juntos en casa. Pero todavía nos quedaba un desafío: lograr que mi bebé tomara directamente del pecho.
Seguimos intentándolo durante los días siguientes. Fueron dos semanas de paciencia, de volver a probar y de confiar en que, quizás, algún día lo lograríamos.
Y ese día llegó.
Después de dos semanas en casa, mi bebé finalmente se acopló al pecho.
Para mí fue un momento muy especial. Después de todo lo que habíamos vivido desde aquellas 21 semanas, de la hospitalización, la incertidumbre, su nacimiento y los días en neonatología, conseguirlo significó muchísimo. Era algo que había esperado con muchas ganas y que, después de tanta perseverancia, finalmente estaba ocurriendo.
Hoy mi pequeño tiene un año. Está lleno de vida, goza de buena salud y nos tiene más que felices.
Cuando miro hacia atrás, recuerdo a esa mamá que pasó tantas semanas sin saber qué iba a ocurrir, que tuvo que aprender a vivir un día a la vez y que encontró fuerzas para seguir incluso cuando todo parecía incierto.
Mi embarazo no fue como lo había imaginado. Hubo miedo, preguntas y momentos difíciles, pero también hubo esperanza, pequeños avances que significaban muchísimo y una enorme felicidad al ver cómo mi bebé iba saliendo adelante.
Con el tiempo entendí que, a veces, el camino hacia la maternidad puede ser muy distinto al que una imaginaba. Hay experiencias que nos obligan a tener paciencia, a confiar y a celebrar cosas que quizás antes parecían pequeñas, pero que en realidad significan el mundo entero.
Hoy miro a mi hijo y siento una felicidad inmensa al verlo crecer, jugar y disfrutar de su primer año de vida. Todo lo que vivimos forma parte de nuestra historia y, aunque hubo momentos de mucha incertidumbre, hoy puedo recordarlos desde la gratitud de tenerlo conmigo.
Quiero compartir nuestra experiencia porque sé que hay otras familias que atraviesan embarazos de alto riesgo, hospitalizaciones, nacimientos prematuros o largas estadías en neonatología. Familias que viven pendientes de cada examen, que esperan noticias y que cuentan los días deseando que sus bebés puedan estar bien.
A ellas me gustaría decirles que sé que no siempre es fácil vivir con tantas preguntas y que cada pequeño avance puede significar muchísimo.
También quiero recordar que cada historia es diferente y que cada proceso tiene sus propios tiempos. En nuestro caso, después de tantas semanas de incertidumbre, hoy tenemos a nuestro pequeño de un año, lleno de vida y salud.
Y si algo me ha enseñado esta experiencia, es a valorar cada momento, cada avance y cada oportunidad de verlo crecer.
Porque, a veces, la historia que comienza con más miedo termina convirtiéndose en una de las experiencias más significativas de nuestra vida.
Y hoy, cuando miro a mi hijo, siento que cada día que esperamos, cada intento y cada pequeño paso forman parte de la hermosa historia que seguimos construyendo juntos.
