Descubrir la maternidad a las 32 semanas y aprender a criar lejos de la familia
por Sofía E. Ascanio

Nunca imaginé que sería mamá. Soy venezolana y llegué a Chile hace ocho años, con todos los desafíos que implica comenzar una vida en otro país. Estaba enfocada en trabajar, salir adelante y construir mi camino. Además, estaba lejos de mi familia, y vivir sin esa red de apoyo hacía que muchas cosas fueran más difíciles. La maternidad no estaba dentro de mis planes ni era algo que me imaginara para mi futuro.
Hasta que, a los 30 años, descubrí que estaba embarazada. Y no lo supe durante casi todo el embarazo.
A pesar de que me cuidaba y utilizaba distintos métodos anticonceptivos, quedé embarazada sin darme cuenta. Mi trabajo era físicamente exigente, pasaba el día caminando y trabajando con maquinaria CNC. Nunca imaginé que dentro de mí estaba creciendo una pequeña vida.
Me enteré cuando tenía 32 semanas, después de sentir un dolor de estómago muy fuerte que me llevó a consultar. Fue entonces cuando una ecografía me mostró una realidad que no podía creer: estaba embarazada y mi bebé ya tenía muy poco tiempo para nacer.
Fue una noticia que me cambió la vida en cuestión de minutos.
De pronto, tenía que procesar que iba a ser mamá, que pronto tendría una hija en mis brazos y que no había tenido el tiempo que muchas mujeres tienen para prepararse emocionalmente para la llegada de un bebé.
Sentí muchas cosas al mismo tiempo. Sorpresa, miedo, incertidumbre y un montón de preguntas. ¿Cómo iba a organizar mi vida? ¿Cómo iba a enfrentar la maternidad estando lejos de mi familia? ¿Cómo sería todo ese mundo nuevo para mí?
Además, había una parte de mi historia que hacía que todo fuera todavía más difícil. Yo había perdido a mi mamá cuando tenía 20 años y a mi papá cuatro años antes de enterarme de mi embarazo. No tenía a mis padres para compartirles la noticia, pedirles consejos o imaginar cómo me acompañarían en esta etapa.
Me tocaba convertirse en mamá sin tener a mi propia mamá cerca. Y, aunque cada historia es diferente, creo que hay momentos en los que una siente especialmente la ausencia de quienes ya no están.
Afortunadamente, el papá de mi hija decidió acompañarme y hacerse cargo. Se quedó a mi lado y, con el tiempo, nos convertimos en una familia de tres. Hoy agradezco que hayamos podido construir nuestro camino juntos, aunque eso no significa que haya sido fácil.
Cuando mi hija nació, comenzó otra etapa llena de aprendizajes. Tuvimos que adaptarnos a una vida completamente nueva, conocerla, entender sus necesidades y descubrir cómo ser papás mientras nosotros mismos intentábamos procesar todo lo que había pasado.
Su llegada fue inesperada, pero desde el momento en que se convirtió en parte de nuestras vidas, comenzamos a construir nuestra historia juntos.
Sin embargo, ser mamá en otro país, sin una red familiar que pudiera acompañarme en el día a día, ha sido uno de los mayores desafíos de mi maternidad.
Muchas veces somos solamente nosotros tres. Mi pareja sale a trabajar y yo intento compatibilizar el teletrabajo con el cuidado de mi hija. Durante mucho tiempo, como no teníamos una alternativa de cuidado para ella, pasaba prácticamente todo el día a su lado mientras intentaba trabajar y sacar adelante mis propios proyectos.
Hay días en los que todo parece demasiado. Quieres cumplir con tus responsabilidades, trabajar, cuidar a tu hija, atender la casa y también tener un momento para ti. Pero cuando no tienes a alguien que pueda relevarte, descansar se vuelve complicado y muchas veces terminas dejándote para el final.
Durante bastante tiempo me pasó eso. Me acostumbré a poner las necesidades de todos por delante de las mías, hasta que comencé a entender algo que hoy considero fundamental: si yo no me cuido, tampoco puedo cuidar de la manera en que me gustaría.
Cuando nació mi hija, una de mis principales motivaciones fue aprender sobre crianza respetuosa. No quería educarla de la manera tradicional en la que muchas de nosotras crecimos. Quería encontrar otras formas de acompañarla, entender sus emociones y construir una relación basada en el respeto y la conexión.
Empecé a estudiar, a leer y a buscar herramientas. Y mientras más aprendía sobre mi hija, también comenzaba a aprender sobre mí misma.
Me di cuenta de que criar de una manera diferente no consistía solamente en saber cómo acompañar sus emociones o cómo responder ante determinadas situaciones. También significaba mirar mi propia historia, reconocer mis reacciones, entender mis necesidades y aprender a tratarme con más paciencia.
Poco a poco fui recuperando partes de mí que había dejado en segundo plano desde que me convertí en mamá. Entendí que no se trataba de volver a ser la mujer que era antes de tener a mi hija, sino de descubrir quién era ahora, en esta nueva etapa, y construir una versión de mí con la que también me sintiera bien.
En ese proceso comencé a observar algo que me hizo mucho sentido. Había muchas mamás que, al igual que yo, querían criar de una manera diferente, pero se encontraban con el cansancio, la falta de apoyo y las dificultades de la vida cotidiana.
Mujeres que amaban profundamente a sus hijos, que querían hacerlo bien y que, aun teniendo herramientas, a veces se sentían sobrepasadas. Mamás que necesitaban aprender sobre crianza, pero que también necesitaban sentirse escuchadas, comprendidas y acompañadas.
Y ahí entendí que quería hacer algo con todo lo que estaba aprendiendo.

Así nació Criar en Calma, un espacio que creé con la intención de acompañar a otras mamás, ayudarlas a comprender mejor a sus hijos, pero también a comprenderse a ellas mismas. Quería compartir herramientas para vivir la crianza de una manera más consciente, sin la exigencia de tener que hacerlo todo perfecto ni olvidarse de una misma en el camino.
De alguna manera, mientras intentaba encontrar mi propio lugar en la maternidad, también descubrí que podía acompañar a otras mujeres a encontrar el suyo.
Hoy, a través de Criar en Calma, comparto recursos y procesos de acompañamiento para madres que quieren dejar de vivir la maternidad en automático y comenzar a relacionarse con sus hijos desde un lugar más consciente, pero también más amable consigo mismas.
Porque he aprendido que criar de otra manera no significa no equivocarse nunca. Significa estar dispuesta a aprender, reconocer cuando algo no está funcionando y entender que nosotras también estamos en un proceso de crecimiento.
Mi historia no es la de una mamá que tiene todo resuelto. Sigo aprendiendo, sigo equivocándome y sigo descubriendo cosas sobre mí y sobre mi hija. Hay días más fáciles que otros, y todavía existen momentos en los que me gustaría tener a alguien cerca que pudiera ayudarme, darme un abrazo o decirme que puedo descansar un rato.
Ser mamá lejos de mi país, sin mis padres y sin una red de apoyo cercana, me ha enseñado a buscar otras formas de sostenerme y a valorar muchísimo cuando encuentro espacios donde puedo sentirme acompañada.
También he aprendido que la maternidad no tiene por qué vivirse desde el sacrificio constante. Que podemos amar profundamente a nuestros hijos y, al mismo tiempo, necesitar tiempo para nosotras. Que pedir ayuda no nos hace menos capaces y que cuidar de nuestra propia salud emocional también es parte de la crianza.
Hoy miro a mi hija, que ya tiene cuatro años, y me cuesta creer cuánto ha cambiado mi vida desde aquella ecografía a las 32 semanas. Pasé de no imaginarme como mamá a construir una vida en torno a ella, aprendiendo cada día a conocerla, acompañarla y disfrutar de nuestra historia.
Este año, mi hija comenzó a ir al jardín y, aunque son solo cuatro horas al día, ese tiempo ha significado mucho para mí. Me permite organizarme mejor, avanzar con mi teletrabajo y dedicarle más tiempo a mi emprendimiento, Criar en Calma. Después de tanto tiempo intentando compatibilizar el trabajo y la maternidad sin una red de apoyo cercana, he aprendido a valorar muchísimo esos pequeños espacios que también me permiten ocuparme de mí y de mis propios proyectos.
Aunque los desafíos siguen presentes, también he descubierto una felicidad que no conocía. Poco a poco, he ido encontrando nuevas formas de organizar nuestra vida y disfrutar de esta etapa.
Quiero compartir mi historia porque sé que hay muchas mamás viviendo la maternidad lejos de sus familias, mujeres que migraron y que tienen que construir una nueva vida mientras crían, y madres que sienten que están haciendo todo solas.
También sé que hay muchas que se preguntan si es posible disfrutar la maternidad cuando están cansadas, cuando no tienen quién las releve o cuando sienten que han perdido una parte de sí mismas en medio de tantas responsabilidades.
A ellas me gustaría decirles que no tienen que ser perfectas, que no necesitan tenerlo todo resuelto y que ellas también importan.
Que podemos aprender a criar de una manera diferente sin exigirnos saberlo todo desde el principio. Que podemos acompañar a nuestros hijos mientras aprendemos a acompañarnos a nosotras mismas.
Y, sobre todo, que no tener una tribu cerca no significa que tengamos que renunciar a encontrarla.
Porque a veces esa compañía aparece en otras mamás, en una conversación, en una comunidad o en alguien que comparte su historia y nos hace sentir que no somos las únicas que estamos pasando por esto.
Hoy quiero seguir construyendo ese espacio a través de Criar en Calma. Un lugar donde las mamás puedan encontrar herramientas, sentirse comprendidas y recordar que no necesitan olvidarse de sí mismas para ser buenas madres.
Si algo me ha enseñado mi propia historia es que la maternidad no tiene que estar completamente planificada para convertirse en una experiencia llena de amor, ni tenemos que tener todas las respuestas para comenzar a construir una vida hermosa con nuestros hijos.
Yo no imaginaba que sería mamá. Tampoco imaginé todo lo que iba a aprender de mí misma después de serlo.
Pero hoy sé que, mientras acompaño a mi hija a crecer, también estoy aprendiendo a crecer yo.
Y quiero que otras mamás sepan que ellas también merecen ese espacio. Que su bienestar importa, que sus necesidades son importantes y que pueden aprender a vivir la maternidad de una manera en la que sus hijos y ellas mismas tengan un lugar.
Porque cuidar a nuestros hijos también puede comenzar por aprender a cuidarnos a nosotras.

