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El amor que permanece después de despedir a una hija y la esperanza de volver a ser mamá

por Fernanda Villarroel

El amor que permanece después de despedir a una hija y la esperanza de volver a ser mamá

Quiero contar la historia de mi hija Julieta porque, aunque hoy ya no está físicamente conmigo, sigue siendo una parte enorme de mi vida. Su partida fue el dolor más grande que he tenido que enfrentar, pero también quiero contar quién fue ella y cómo, en tan solo unos días, nuestra vida cambió para siempre.

Todo comenzó el 5 de junio de 2024. Julieta se despertó alrededor de las cinco de la mañana con dolor de cabeza y vómitos. Al principio pensé que podía ser algo a la guatita, quizás algo que había comido la noche anterior. Pero comenzó a vomitar una y otra vez, así que decidí vestirla y llevarla a urgencias.

Allí la estabilizaron y le hicieron varios exámenes, entre ellos análisis de sangre, de orina y un escáner. Cerca del mediodía, un médico se acercó a nosotros para decirnos que los resultados del hemograma estaban alterados y que existía la sospecha de una posible leucemia. Además, tenía el hígado y el bazo más grandes de lo normal.

Nos dijeron que debían trasladarla al Hospital Dr. Gustavo Fricke, en Viña del Mar, para que quedara hospitalizada en oncología.

Fue muy difícil escuchar esas palabras. Habíamos llegado a urgencias pensando que podía ser algo pasajero y, de pronto, estábamos enfrentando la posibilidad de que nuestra hija tuviera una enfermedad grave. No alcanzábamos a entender qué estaba pasando.

El amor que permanece después de despedir a una hija y la esperanza de volver a ser mamá — imagen 2

Entre el 5 y el 9 de junio, Julieta se mantuvo estable. Le realizaron un mielograma y los resultados mostraron una gran cantidad de células malignas, aunque la leucemia quedó descartada. Ahora tenían que encontrar de dónde provenían esas células.

El domingo 9 de junio comenzó con un dolor muy fuerte en la guatita. Le hicieron un escáner con contraste y descubrieron dos masas: una dentro del hígado y otra en la glándula suprarrenal.

Ese mismo día la trasladaron a la UCI pediátrica para mantenerla bajo vigilancia. En ese momento sus signos vitales estaban estables, pero necesitaban tenerla cerca del pabellón por si ocurría alguna complicación.

Al día siguiente, a las siete de la mañana, tuve que salir del hospital y volver a las once. Cuando regresé, encontré a mi hija muy afectada por los medicamentos. El panorama había cambiado completamente.

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Nos explicaron que debían intubarla y operarla porque el tumor del hígado estaba creciendo tanto que comenzaba a comprimir sus otros órganos. Sus pulmones habían colapsado, sus riñones estaban comprometidos y su corazón se había desplazado.

Todo estaba pasando demasiado rápido. No alcanzábamos a procesar una noticia cuando ya teníamos que enfrentar otra. Mi hija, que hasta hacía muy poco había estado en nuestra vida de una manera completamente distinta, ahora estaba luchando por sobrevivir.

Durante la cirugía, los médicos encontraron que el hígado estaba tan comprometido que apenas podían manipularlo. Nos explicaron que el tejido se deshacía al tocarlo, como si fuera arenilla, y que había múltiples puntos de hemorragia que sangraban de manera lenta pero constante.

Tuvieron que volver a operarla para intentar detener esos sangrados.

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Entre el 10 y el 17 de junio vivimos los días más difíciles de nuestras vidas. Ver a tu hija conectada a máquinas, rodeada de profesionales que intentan ayudarla, mientras tú solo quieres que vuelva a estar bien, es algo que cuesta poner en palabras. Como mamá, habría dado cualquier cosa por poder cambiarme de lugar con ella.

El 16 de junio, durante la tarde, nos comunicaron que le habían realizado un examen que mostraba muy poca actividad cerebral. Su cuerpo se estaba apagando.

En ese momento tuvimos que enfrentar una de las decisiones más dolorosas que puede vivir una familia. Nos reunimos y, con todo el amor que sentíamos por Julieta, conversamos sobre lo que estaba pasando y comprendimos que había llegado el momento de dejarla partir.

No existen palabras para describir lo que significa tener que despedirte de tu hija. Una nunca se prepara para algo así. Cuando te conviertes en mamá, imaginas su vida, sus cumpleaños, sus primeros días de colegio y tantas cosas que quisieras compartir con ella. Nunca imaginas que vas a tener que pensar en despedirte.

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El 17 de junio de 2024, a las 16:49, mi Julieta Leonor fue desconectada y su corazón dejó de latir.

Ese mismo día nos confirmaron el diagnóstico: tenía un neuroblastoma en etapa IV. Había sido una enfermedad silenciosa, pero extremadamente agresiva. En apenas trece días, nuestra vida había cambiado para siempre.

Todavía me cuesta comprender cómo una niña que estaba sana pudo enfermar de esa manera y deteriorarse tan rápido. Todo ocurrió en tan poco tiempo que muchas veces siento que apenas alcanzamos a entender lo que estaba pasando antes de tener que despedirnos de ella.

Después de su partida, tuve que aprender a vivir con una ausencia que no se parece a ninguna otra. La pérdida de una hija no es algo que simplemente se supera con el tiempo. Es un dolor que cambia, que se transforma y que aprende a convivir con los días que siguen.

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Julieta sigue siendo mi hija. Sigue siendo parte de nuestra familia, de nuestros recuerdos y de nuestra historia. Por eso, a través de mis redes sociales, comparto videos de ella y recuerdo momentos de su vida. Para mí, es una forma de honrarla, de mantener viva su memoria y de permitir que otras personas también la conozcan.

Su historia llegó a muchísimas personas a través de TikTok, donde uno de nuestros videos superó los siete millones de visualizaciones. Nunca imaginé que algo tan doloroso y personal pudiera llegar a tantas familias. Pero me ha emocionado saber que hay personas que se detienen a conocer a Julieta, que se conmueven con su historia y que nos acompañan desde distintos lugares.

Hoy, mientras sigo aprendiendo a vivir con su ausencia, estoy embarazada de un bebé arcoíris. Así llamamos a los bebés que llegan después de una pérdida.

La llegada de este nuevo bebé ha traído emociones que a veces son difíciles de explicar. Hay ilusión, amor y esperanza, pero también existe el recuerdo de todo lo que vivimos con Julieta. Una pérdida así no desaparece porque vuelva a llegar una alegría. Ambas cosas pueden existir al mismo tiempo.

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Mi embarazo no reemplaza a Julieta, porque ella tiene su lugar en mi vida y nadie podría ocuparlo. Este bebé tendrá su propia historia, y nosotros lo esperamos con todo nuestro amor, llevando también con nosotros la memoria de su hermana.

A veces pienso que la vida puede cambiar en un instante. Que podemos pasar de una mañana cualquiera a un diagnóstico que lo cambia todo. Por eso, si algo quiero compartir con otras familias es la importancia de valorar cada momento, de escuchar a nuestros hijos y de no ignorar las señales que nos da el cuerpo, aunque parezcan pequeñas.

Julieta me enseñó que el amor entre una madre y su hijo no termina nunca. Sigue presente en cada recuerdo, en cada video, en cada palabra que la nombra. Y aunque hoy no esté físicamente conmigo, la llevo conmigo en cada paso que doy.

Por eso quiero contar su historia. Porque Julieta vivió, porque fue amada y porque su memoria merece ser compartida. Y porque espero que, al leer estas palabras, otras familias que han atravesado un dolor parecido puedan sentir que no están solas, y que también es posible encontrar un camino para seguir adelante, llevando siempre en el corazón a quienes ya no están.