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Atravesar pérdidas y enfermedades, y encontrar la fuerza para seguir adelante

por Carolina Igor Barrios

Atravesar pérdidas y enfermedades, y encontrar la fuerza para seguir adelante

Soy Carolina Igor Barrios, mamá de cuatro hijos hombres, y hay una experiencia que marcó mi vida para siempre: la muerte de mi primer hijo, Vicente, quien falleció a las cuatro horas de haber nacido.

Su partida fue, junto a mi marido, el golpe más duro que nos ha dado la vida. Durante mucho tiempo viví ese dolor como un castigo. Me costaba entender por qué nos había tocado vivir algo así y por qué la vida podía ser tan dura con nosotros.

Antes de la muerte de Vicente, yo era una persona muy racional, estructurada y, como digo yo misma, un poco soberbia. Necesitaba entender las cosas desde la lógica y tenía una forma bastante rígida de mirar la vida. Pero todo eso empezó a cambiar a partir de su partida.

Cinco años después, me diagnosticaron cáncer de tiroides. En ese momento tenía un hijo de tres años y otro de apenas uno. Escuchar la palabra cáncer fue terrorífico. Aun así, seguí adelante con mi vida como lo había hecho hasta entonces, intentando continuar a pesar de todo lo que estaba pasando.

Tres años más tarde llegó otro diagnóstico: lupus y artritis reumatoide. Esta última se hizo evidente después de una crisis de artritis horrible, con dolores insoportables. Esa vez sentí que había llegado a mi límite.

Recuerdo que me preguntaba cómo era posible que me estuviera pasando todo esto. En ese tiempo era católica y creía que Dios premiaba o castigaba según nuestras acciones. Pensaba: «Sé que no soy la persona más simpática del mundo, pero ¿de verdad he hecho algo tan malo como para merecer todo esto?».

Esa pregunta me hizo empezar a mirar la vida desde otro lugar.

Fue entonces cuando comencé a interesarme por las energías y reconecté con el Reiki. También empecé a profundizar en las Constelaciones Familiares. Algo que me llamó mucho la atención fue darme cuenta de que ir a hacer una constelación no significaba que ocurriera una especie de magia, ni que todos los problemas desaparecieran de un día para otro. Para mí, era una forma de liberarme, de mirar mi historia de otra manera y de comprender las dinámicas familiares que también podían influir en quienes me rodeaban.

Lo que más me impactó fue que no solo empecé a notar cambios en mí, sino que también pude observar transformaciones en mi familia. Eso despertó una curiosidad enorme y unas ganas cada vez más profundas de seguir aprendiendo.

En 2018 comencé a estudiar Constelaciones Familiares y, para 2020, ya había recorrido un camino importante. Fue entonces cuando decidí que quería dedicarme a esto de manera profesional. Sentía que había encontrado algo que realmente me hacía sentido y que quería compartir con otras personas.

Pero tomar esa decisión no era tan sencillo. Tenía un trabajo convencional, bien remunerado, y dejarlo implicaba un cambio importante para mi familia. Mi marido me decía que fuéramos de a poco, que no era necesario apurarse.

Sin embargo, a los pocos días, en plena pandemia, me desvincularon de la empresa en la que trabajaba, que estaba atravesando una situación económica muy difícil.

En medio de toda esa incertidumbre, sentí que aquello era el empujón que necesitaba para lanzarme a hacer algo que, en el fondo, sabía que quería hacer desde hacía tiempo, pero que mi lado racional no me había permitido concretar.

Así comenzó una nueva etapa de mi vida. Empecé a abrirme a otras formas de comprender lo que había vivido, el dolor, la familia y la sanación. No fue que las experiencias difíciles dejaran de formar parte de mi historia, sino que empecé a relacionarme con ellas de otra manera.

Hoy, desde mi experiencia personal y mi trabajo como terapeuta holística espiritual, acompaño a otras personas en sus procesos de sanación a través de herramientas como las Constelaciones Familiares y otras terapias energéticas.

Hay algo que me gustaría transmitir: la muerte de un hijo y el paso por enfermedades graves pueden hacer que una se pregunte por qué le toca vivir tanto dolor. Yo también llegué a sentir que todo lo que me pasaba era un castigo. Con el tiempo, sin embargo, descubrí que existían otras formas de mirar mi historia y de vivir mi vida.

No elegí las experiencias que me tocó vivir, pero sí pude empezar a elegir qué hacer con ellas y cómo quería seguir adelante.

Hoy puedo decir, desde mi propia experiencia, que incluso después de vivir situaciones que te cambian para siempre, es posible abrirse a una nueva manera de mirar la vida y encontrar un propósito que antes no imaginabas.