Aprender a vivir con la ausencia de una hija y seguir siendo mamá de tres
por Roxana Sobarzo

Soy Roxana Sobarzo, psicóloga y mamá de tres niñas. Quiero compartir mi historia porque hay una parte de la maternidad de la que muchas veces cuesta hablar: el duelo por la pérdida de un hijo. No desde la idea de que todo dolor nos hace más fuertes, ni desde la obligación de encontrarle un sentido a lo que vivimos, sino desde la realidad de aprender a seguir viviendo cuando una parte de nuestra vida cambia para siempre.
Cuando estaba a solo tres semanas de defender mi tesis de Psicología, recibimos una noticia que transformó por completo nuestra vida. Mi hija del medio fue diagnosticada con leucemia linfoblástica aguda.
Hasta ese momento, yo estaba concentrada en terminar mis estudios y prepararme para una nueva etapa. De pronto, todos esos planes quedaron en segundo plano. Mi prioridad pasó a ser acompañar a mi hija durante su tratamiento y hacer todo lo que estuviera a mi alcance para estar con ella.
Tuvimos que trasladarnos a Santiago para enfrentar este proceso. Nuestra vida cambió de un día para otro y, como mamá, me encontré intentando sostener muchas cosas al mismo tiempo. Mi corazón estaba con mi hija hospitalizada, pero también con mis otras dos niñas, que habían quedado lejos. Quería acompañar a mi hija enferma y, al mismo tiempo, encontrar la manera de mantener a mi familia unida.
Hice todo lo que pude para que pudiéramos volver a estar juntos, para adaptarnos a esa nueva realidad y para acompañar a mi hija de la mejor manera posible. Sin embargo, a pesar de todos nuestros esfuerzos y de la esperanza que mantuvimos durante el proceso, mi hija falleció.
Hay momentos que dividen la vida en un antes y un después. Para mí, ese fue uno de ellos.
Al principio intenté enfrentar el dolor desde la espiritualidad. Buscaba aceptar lo ocurrido, confiar y encontrar alguna explicación que me permitiera comprender por qué estábamos viviendo algo así. Quería creer que, de alguna manera, podría encontrar paz si lograba entender lo que había pasado.
Pero el duelo no funciona de esa manera. Al menos, no fue así para mí.
Con el tiempo comprendí que también necesitaba permitirme vivir mi dolor como mamá. Necesitaba dejar de exigirme encontrar respuestas y darme espacio para sentir todo aquello que estaba experimentando.
Sentí rabia, culpa, frustración, impotencia y un vacío que no sabía cómo explicar. También me enojé con la vida y con Dios. Hubo momentos en que incluso sentí rabia con mi propia hija, porque una parte de mí seguía aferrada a la idea de que volvería, de que de alguna manera todo podía cambiar y de que todavía existía la posibilidad de tenerla conmigo.
Durante mucho tiempo me pregunté si había hecho lo suficiente. Si podría haber hecho algo diferente. Si había alguna decisión que hubiera cambiado nuestra historia.
Son preguntas muy difíciles de llevar, especialmente cuando eres mamá y sientes que tu responsabilidad es proteger a tus hijos. Una quiere cuidarlos, evitarles el sufrimiento y encontrar la manera de ayudarlos siempre. Cuando ocurre algo que escapa por completo de nuestras manos, es difícil aceptar que no podemos controlarlo todo.
Con los años he comprendido que mi duelo no tenía que parecerse al de nadie más. No necesitaba vivirlo de una manera determinada ni demostrar que estaba avanzando. Necesitaba tiempo, espacio y la posibilidad de reconocer lo que sentía sin juzgarme por ello.
Mi proceso comenzó a transformarse cuando empecé a trabajar en un centro de rehabilitación con niños neurodivergentes.
Mi hija también era autista, y encontrarme cada día con niños que me recordaban su forma de mirar el mundo, su sensibilidad y su manera tan particular de relacionarse fue una experiencia profundamente significativa para mí.
No era que esos niños ocuparan su lugar, porque nadie podría hacerlo. Tampoco significaba que dejara de extrañarla. Lo que comenzó a ocurrir fue que pude reencontrarme con algunos recuerdos de mi hija desde otro lugar, conectando con aspectos de ella que seguían vivos en mi memoria y en mi manera de comprender el mundo.
Ese encuentro me ayudó a entender que sanar no significa olvidar. Tampoco significa dejar de extrañar o llegar a un momento en que todo lo vivido deja de doler. Para mí, sanar ha sido aprender a convivir con el amor y la ausencia, reconociendo que ambas cosas pueden existir al mismo tiempo.
Hoy sigo siendo mamá de tres hijas. Una de ellas ya no está físicamente conmigo, pero sigue formando parte de mi vida, de mis recuerdos, de mis decisiones y de la mujer que soy.
Su historia no terminó para mí el día en que falleció. Sigue presente en la forma en que miro la maternidad, en cómo acompaño a otras personas y en las cosas que he aprendido sobre el amor, la fragilidad y la vida.
Hay algo que me gustaría que pudiéramos conversar más abiertamente: muchas veces hablamos del duelo desde la resiliencia, la aceptación y la capacidad de salir adelante. Son palabras que pueden acompañar, pero que también pueden hacernos sentir que debemos encontrar rápidamente una enseñanza o demostrar que somos capaces de superar lo ocurrido.
Yo creo que también necesitamos espacios para hablar de la parte más difícil.
De levantarse cada mañana cuando el mundo continúa funcionando, aunque una sienta que su propio tiempo se detuvo. De tener que trabajar, cuidar a los hijos que siguen necesitando de nosotras y cumplir con las responsabilidades cotidianas mientras intentamos comprender una ausencia que parece imposible de aceptar.
Porque el dolor no desaparece simplemente porque tengamos otras responsabilidades. Y seguir adelante no significa que hayamos dejado de extrañar.
A veces podemos reír, disfrutar un momento bonito o sentirnos agradecidas por algo, y al mismo tiempo echar profundamente de menos a quien ya no está. Podemos tener días en que sentimos que estamos mejor y otros en que volvemos a experimentar una tristeza muy intensa. Nada de eso significa que estemos haciendo mal nuestro duelo.
También he aprendido que, después de perder a un hijo, una sigue siendo mamá. La maternidad no desaparece con la muerte, aunque cambie profundamente la manera de vivirla. Seguimos amando, recordando y buscando formas de mantener presente a ese hijo en nuestra historia.
En mi caso, he tenido que aprender a encontrar un equilibrio entre el dolor por la ausencia de mi hija y mi vida con mis otras dos niñas. Ellas también forman parte de mi historia y necesitan de mí. Acompañarlas y estar presente para ellas ha sido parte de mi camino, sin que eso signifique dejar atrás a la hija que falleció.
No siempre ha sido fácil. Todavía hay emociones que aparecen de maneras inesperadas y momentos en que su ausencia se hace especialmente presente. Pero hoy intento mirar mi historia con más comprensión, entendiendo que no tengo que elegir entre recordar a mi hija y continuar viviendo.
Quiero compartir mi experiencia porque sé que hay otras madres que han pasado por una pérdida y que quizás han sentido que deben mostrarse fuertes, encontrar una explicación o seguir adelante antes de estar preparadas.
A ellas me gustaría decirles que no tienen que vivir el duelo de una manera determinada. Que pueden sentir rabia, tristeza, culpa o confusión. Que pueden tener días buenos y días difíciles. Que no necesitan encontrarle un sentido a lo ocurrido para que su dolor sea válido.
Y que, aunque muchas veces quienes nos rodean no sepan cómo acompañarnos, merecemos contar con espacios donde podamos hablar de nuestros hijos, recordarlos y expresar lo que sentimos sin miedo a incomodar a los demás.
Mi deseo es que podamos hablar de la pérdida de un hijo con más honestidad y sensibilidad. Que entendamos que detrás de cada madre que ha vivido un duelo hay una historia, una familia y un amor que continúa. Que no siempre necesitamos palabras para explicar lo que sentimos, y que a veces acompañar significa simplemente estar presentes, escuchar y permitir que el dolor exista.
Hoy no tengo todas las respuestas. No creo que exista una manera perfecta de atravesar una experiencia como esta. Sigo aprendiendo a vivir con la ausencia de mi hija y a encontrar mi propio camino, respetando mis tiempos y reconociendo todo lo que esta experiencia ha significado para mí.
Pero tengo algo claro: mi hija siempre será parte de mi historia.
Y si al compartirla otra mamá encuentra un espacio donde sentirse comprendida, si puede reconocer que no está sola o darse permiso para vivir su duelo sin exigirse estar bien todo el tiempo, entonces sentiré que contar nuestra historia ha valido la pena.
Porque no necesitamos romantizar el dolor para reconocer que podemos seguir viviendo. No necesitamos olvidar para sanar. Y no tenemos que dejar de ser madres de los hijos que ya no están para continuar acompañando la vida de quienes siguen a nuestro lado.
