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Aurora y Ezequiel: cinco meses y medio de espera, fe y esperanza tras nacer a las 24 semanas

por Javiera Contreras

Aurora y Ezequiel: cinco meses y medio de espera, fe y esperanza tras nacer a las 24 semanas

Soy Javiera Contreras, preparadora física de profesión, esposa y mamá de tres. Hoy quiero compartir la historia de Aurora y Ezequiel, mis mellizos, quienes llegaron al mundo con apenas 24 semanas de gestación y nos enseñaron, desde el primer momento, a vivir un día a la vez.

Hace poco más de un año, junto a mi esposo y mi hijo mayor, fuimos a una ecografía y descubrimos que venían dos pequeños en camino. Al ver las dos bolsitas, no lo podía creer. Durante toda la ecografía estuve negada a la idea de que realmente fueran dos bebés. Sentí mucho miedo y angustia, y me preguntaba si sería capaz de salir adelante con dos hijos más en nuestra familia.

Con el tiempo, mi fe me ayudó a encontrar tranquilidad. Sentí que, si Dios me había enviado a mis pequeños, también nos sostendría durante el camino.

Sin embargo, al comienzo no fue fácil. Entré en una depresión porque tenía mucho miedo y, aunque sabía que no estaba sola, por momentos me sentía profundamente sola. En cada control escuchaba las palabras «embarazo de alto riesgo», y eso aumentaba mi angustia. Sabía que un embarazo múltiple tenía sus riesgos, pero todavía no imaginaba lo que nos tocaría vivir.

Poco a poco comencé a disfrutar más mi embarazo. Cerca de las semanas 18 y 19 nos hicimos la ecografía para conocer el sexo de los bebés: esperábamos una niña y un niño. Esa noticia hizo que mi corazón comenzara a vivir esta etapa con más alegría, aunque había algo dentro de mí que me decía que las cosas no estaban del todo bien.

## El día que todo cambió

El 1 de octubre, cuando tenía 21 semanas y seis días de embarazo, fui a dejar a mi hijo mayor al colegio. Al volver a casa, fui al baño y sentí que algo bajaba. En ese momento me di cuenta de que una de las bolsas se había roto. Mi corazón sabía que algo no estaba bien. Grité, mi esposo llegó rápidamente y, mientras seguía saliendo líquido, nos preparamos para ir al hospital con muchísimo miedo y pena.

En el camino llamé a mi mamá porque sabía que no alcanzaría a ir a buscar a mi hijo mayor. Ella se dispuso a viajar desde Santiago para ayudarnos. Yo temblaba y solo quería llorar.

En el hospital confirmaron que la bolsa de Aurora, mi primera melliza, se había roto y que casi no quedaba líquido amniótico. Recuerdo ese día con mucha claridad. Finalmente, me informaron que tendría que quedarme hospitalizada y que el proceso podía ser largo.

Así comenzó una etapa completamente distinta en mi vida. Me tomaban exámenes, me administraban medicamentos, controlaban mis signos vitales y escuchábamos los latidos de mis bebés varias veces al día. En medio de toda esa incertidumbre, me aferré a una frase que se convirtió en mi lema durante la hospitalización: **un día a la vez**. Cada día que pasaba era un día más que mis pequeños habían ganado.

A la mañana siguiente, un médico me explicó que, si comenzaba el trabajo de parto en ese momento, las probabilidades de supervivencia de mis bebés eran muy bajas. Escuchar esas palabras me destrozó. El objetivo era llegar a las 24 semanas para poder administrarles corticoides y favorecer la maduración de sus pulmones. Desde entonces, toda nuestra esperanza estaba puesta en alcanzar ese momento.

Los exámenes indicaron que la rotura de la bolsa se debía a una infección. También nos explicaron que la falta de líquido amniótico podía afectar la movilidad de Aurora. Pasaban los días y las noches, y muchas veces lloraba sin saber qué iba a ocurrir.

Una noche, cuando estaba sola y tenía 23 semanas de embarazo, comencé a sentirme mal. Pensé que había llegado el momento. Me levanté para ir al baño, me puse a llorar y comencé a orar. Le entregué mis hijos a Dios y, en medio de esa oración, empecé a despedirme de ellos.

Pero, de pronto, sentí que mi oración cambiaba. En lugar de despedirme, comencé a pedir por su sanidad y su vida. Sentí que todavía no había llegado el momento y que debíamos seguir adelante.

Finalmente, alcanzamos las 24 semanas. Me administraron la primera dosis de corticoides y, al día siguiente, recibí la segunda. Sin embargo, el 19 de octubre comencé a sentir molestias, tuve contracciones y expulsé el tapón mucoso. Aunque en la ecografía el cuello del útero todavía parecía cerrado, durante el examen el médico pudo tocar una extremidad de Aurora. Había llegado el momento de realizar una cesárea de emergencia.

## La llegada de Aurora y Ezequiel

Todo ocurrió muy rápido. La sala se llenó de personal de salud y escuchaba cómo llamaban al equipo de neonatología. A pesar del movimiento y de la urgencia, yo estaba tranquila. Siempre voy a agradecer el cariño y la contención que recibí de las TENS y matronas que estuvieron conmigo. Me prepararon, me trasladaron rápidamente a pabellón y, durante todo el camino, me repetían que todo iba a estar bien.

Recuerdo especialmente a una TENS que ayudó a que el ascensor bajara más rápido para llegar desde el quinto piso al segundo. También recuerdo las palabras de todas las personas que me acompañaron en esos minutos. En medio del miedo, sus gestos me dieron confianza.

En pabellón pregunté por mi esposo y me dijeron que pronto podría entrar. Cuando llegó, me tomó la cabeza y comenzamos a hablar. Me decía que no había otra forma de que las cosas salieran que no fuera bien. Los dos confiábamos en que Dios nos sostenía a nosotros y a nuestros bebés.

De pronto, escuché al médico anunciar: «Gemelo uno, afuera, mujer». Se llevaron a Aurora y, unos minutos después, nació Ezequiel.

Aurora pesó 692 gramos y midió 30 centímetros. Ezequiel pesó 680 gramos y midió 32 centímetros. Eran tan pequeños que todavía me cuesta dimensionar lo frágiles que eran cuando llegaron al mundo.

Mi esposo salió a verlos y me contó que estaban rodeados de personal médico, con un equipo completo atendiendo a cada uno. Después me trasladaron a recuperación, donde llegó mi mamá. Ella me contó que había visto pasar a Aurora y que la encontraba hermosa, como una reina radiante.

Yo seguía tranquila y repetía que había sido algo hermoso y que sabía que todo estaría bien. Poco después, una matrona me preguntó si quería comenzar a extraer calostro para mis bebés. Pensé que no saldría nada, pero comenzó a salir, y eso me llenó de felicidad.

Cuando mi esposo llegó a la habitación durante la madrugada, me contó que los bebés estaban siendo atendidos y que estaban haciendo todo lo posible por mantenerlos estables. Me describió a Ezequiel, que tenía el pelito como un moicano, y a Aurora, que era hermosa. Yo todavía no lograba imaginarlos.

Los primeros días fueron especialmente difíciles. Mi esposo recibía información sobre su estado y sobre los procedimientos que necesitaban. Yo tenía miedo de bajar a conocerlos, porque seguía adolorida y no sabía cómo enfrentaría verlos tan pequeños. Pero también necesitaba estar cerca de ellos, hablarles y que supieran que su mamá estaba ahí.

Cuando finalmente entré a la unidad de neonatología, vi a Aurora dentro de su incubadora. Era increíble pensar que un bebé de apenas 24 semanas podía ser tan pequeño. Su cuerpo todavía estaba desarrollándose, sus orejitas estaban pegadas a su cabeza y estaba rodeada de cables y máquinas. Solo quería llorar. Después fui a ver a Ezequiel y sentí lo mismo.

Los médicos nos explicaron que ambos estaban en estado muy grave y que el camino podía ser largo. Nos aconsejaron acompañarnos como pareja, apoyarnos y no dejar de estar el uno para el otro. En medio de tanta incertidumbre, una noche sentí que llegaba a mi corazón un versículo de la Biblia, Job 8:21: «Él volverá a llenar tu boca de risas y tus labios con gritos de alegría». Esas palabras me acompañaron durante todo el proceso.

## Aprender a vivir un día a la vez

Mi hospitalización también se extendió por una complicación de salud. Cuando llegó el momento en que esperaba recibir el alta, tuve un cuadro de fiebre muy alta y tuvieron que realizarme nuevos exámenes para investigar la causa. En total, estuve 26 días hospitalizada desde que ingresé embarazada hasta que finalmente pude volver a casa, mientras Aurora y Ezequiel continuaban en neonatología.

Una de las primeras alegrías que viví fue poder hacer contacto piel con piel con Ezequiel. Llevábamos cerca de tres semanas desde su nacimiento y pesaba un poco más de 600 gramos. Había llegado a pesar incluso menos. Cuando me ofrecieron la posibilidad de hacer canguro, mi corazón se aceleró. Anhelaba tener a mis bebés en brazos y ese primer encuentro fue un momento que nunca voy a olvidar.

A pesar de esas pequeñas alegrías, la incertidumbre seguía presente. En una reunión, los médicos nos explicaron que el estado de nuestros hijos era muy delicado y que el panorama era complicado. Salimos de esa conversación, nos metimos a un baño y nos abrazamos mientras llorábamos. Después, poco a poco, sentimos una calma que nos permitió mirarnos y recordar que nuestra fe seguía siendo nuestro sostén.

Continuamos acompañando a nuestros hijos, orando por ellos y confiando en que encontraríamos fuerzas para seguir adelante.

Durante la hospitalización, Ezequiel tuvo que permanecer aislado por la presencia de una bacteria resistente a algunos medicamentos. Para poder acercarnos a su incubadora debíamos usar pechera y guantes, y visitarlo después de Aurora. Fueron días de mucha preocupación, pero con el tiempo logró superar esa etapa.

También encontramos esperanza al conocer otras historias de bebés prematuros que habían salido adelante. Escuchar a otras familias y compartir esos momentos con quienes estaban viviendo experiencias similares nos ayudaba a recordar que no éramos los únicos atravesando una situación así.

Pero cuando llevábamos poco más de un mes en neonatología, llegó otra noticia difícil: ambos bebés estaban presentando convulsiones. Comenzaron a realizarles electroencefalogramas y a administrarles medicamentos para controlarlas. Pasaban los días y las convulsiones continuaban, por lo que tuvieron que incorporar otros tratamientos.

Aurora logró estabilizarse un poco, pero la situación de Ezequiel seguía siendo muy delicada. En una reunión nos explicaron que, debido a la gravedad y persistencia de las convulsiones, existía la posibilidad de que tuviera secuelas importantes. También nos preguntaron qué querríamos que hicieran si sufría un paro cardiorrespiratorio. Nunca habíamos imaginado tener que enfrentar una pregunta así y no supimos qué responder.

Esa noche volví a orar. Le dije a Dios que, si tenía que llevárselos, aceptaría su voluntad. Sin embargo, nuevamente mi oración cambió y comencé a pedir por su sanidad. Sentí en mi corazón que mis hijos saldrían adelante y que sus vidas tendrían un propósito que transformaría a muchas personas, comenzando por mí.

Un viernes, mi esposo recibió una llamada para una reunión de emergencia. Cuando llegó a casa, tenía los ojos hinchados y una expresión que nunca le había visto. Le habían explicado que Ezequiel no estaba respondiendo al tratamiento y que retirarían los anticonvulsivantes porque ya se habían intentado las alternativas disponibles. Los días siguientes serían decisivos.

Fueron momentos de muchísimo dolor. Pero, después de retirar los medicamentos, Ezequiel comenzó a despertar y a abrir los ojos. Verlo moverse me daba fuerzas y renovaba mi esperanza. Yo seguía orando por él, convencida de que debía continuar acompañándolo día a día.

## Pequeños avances que lo cambiaron todo

Al acercarse la Navidad, nos dieron la posibilidad de que Vicente, nuestro hijo mayor, conociera a sus hermanitos. Los bebés todavía estaban intubados y su estado seguía siendo delicado, así que tenía un poco de miedo de cómo sería ese encuentro. Sin embargo, Vicente estaba muy contento y tenía muchas ganas de conocerlos.

Fue uno de los momentos más hermosos que vivimos como familia. Vicente le cantó una canción a Aurora y jugó a la nave espacial con Ezequiel. Fueron unos minutos que guardaremos para siempre en nuestro corazón y, sin duda, uno de los regalos de Navidad más especiales que podíamos recibir.

Ese día viajamos a Santiago para pasar Navidad con mi familia. El 25 de diciembre recibimos una fotografía de Ezequiel: él mismo se había sacado el tubo y había logrado respirar por unos minutos sin él. Fue una noticia maravillosa, porque significaba que podían comenzar a prepararlo para recibir apoyo respiratorio a través de la nariz. Días después, Aurora hizo lo mismo. El 28 de diciembre, ambos pasaron de la ventilación por tubo a la ventilación por la nariz.

Ezequiel llevaba varias semanas sin medicamentos para las convulsiones y necesitaba un nuevo electroencefalograma. Cuando finalmente llegaron los resultados, una doctora se acercó y me preguntó si sabía la noticia. Yo intuía lo que venía, pero necesitaba escucharlo: los exámenes de ambos bebés no mostraban convulsiones.

No podía contener la felicidad. Sentí que era una confirmación de que, a pesar de todo lo que habíamos vivido, seguíamos avanzando.

Llegaron los 100 días de vida y Aurora ya había pasado a una cuna. Ese mismo día nos informaron que ambos serían trasladados a una unidad de menor complejidad dentro de neonatología. Era un nuevo paso para nuestros pequeños guerreros y una alegría enorme para nosotros.

A partir de entonces comenzó otra etapa: aprender a alimentarlos con mamadera, observar sus avances y prepararnos para la posibilidad de volver a casa. Sin embargo, todavía quedaban desafíos. Ezequiel tuvo una nueva infección y necesitó un tratamiento de 14 días. La hospitalización se extendía y, cuando ambos cumplieron las 40 semanas de edad gestacional, fueron trasladados a pediatría.

El 17 o 18 de marzo comenzaron una nueva etapa en la que mi esposo y yo nos hicimos cargo directamente de sus cuidados. Les dábamos sus leches, administrábamos sus medicamentos, los bañábamos y aprendíamos a responder a sus necesidades. También teníamos que organizarnos para cuidar a Vicente, que había vivido todo este proceso lejos de su mamá durante largos períodos.

En pediatría, Aurora y Ezequiel pudieron reencontrarse después de meses separados. Para ellos probablemente fue un momento que no podían comprender, pero para nosotros fue muy emocionante verlos juntos. Los dos necesitaban oxígeno para irse a casa, así que comenzamos a preparar su habitación y a organizar todo para recibirlos.

Finalmente, después de cinco meses y medio de hospitalización, el 26 de marzo llegó la noticia que tanto habíamos esperado: nos íbamos a casa. Aurora pesaba cinco kilos y Ezequiel, 4,3 kilos. Todavía necesitaban oxígeno, pero por fin comenzaba una nueva etapa de nuestra vida como familia.

## Una mamá distinta después de esta experiencia

Durante todo este proceso sentí que Dios nos acompañaba de muchas maneras. Cuando necesitábamos resolver quién podía cuidar a Vicente, muchas veces coincidía con que mis papás u otra persona de la familia tenían viajes programados a Viña. Incluso en medio de la distancia, sentía que encontrábamos la ayuda que necesitábamos.

Para Vicente también fue muy difícil estar lejos de su mamá, así como para mí lo fue estar lejos de él. Mientras acompañaba a Aurora y Ezequiel en el hospital, mi corazón también estaba con mi hijo mayor, que tuvo que vivir esta experiencia desde otro lugar.

Lo que más valoro de todo lo que vivimos es que cumplí uno de los deseos que más le pedí a Dios durante la hospitalización: no salir del hospital siendo la misma persona que había entrado.

Hoy valoro mucho más los momentos con mi familia y con mis hijos. Aprendí a vivir un día a la vez, a reconocer la importancia de las pequeñas cosas y a confiar en que no siempre tenemos que conocer el camino completo para dar el siguiente paso.

A veces, mientras escribo y recuerdo todo lo que vivimos, me pregunto cómo fui capaz de soportarlo. Y la respuesta es que, por mis propias fuerzas, no sé si habría podido hacerlo. Mi fe fue fundamental para sostenerme en los momentos más difíciles y para encontrar esperanza cuando sentía que ya no quedaban fuerzas.

También guardo un enorme agradecimiento por todas las personas que conocimos durante nuestra estadía en el hospital: las mamás y los papás que compartieron sus historias con nosotros, el personal médico y cada persona que, con una sonrisa o un gesto amable, hizo más llevaderos esos días.

Comparto nuestra historia porque quiero aportar un granito de esperanza, amor y compañía a otras familias que estén viviendo, hayan vivido o puedan vivir algo parecido. Antes de esta experiencia, nunca imaginé lo intenso que podía ser el mundo de la neonatología ni todo lo que implica acompañar a un bebé prematuro extremo.

Si algo aprendí es que no siempre podemos controlar lo que ocurre, pero sí podemos encontrar maneras de atravesarlo, pedir ayuda y sostenernos en quienes nos acompañan. Para mí, la fe fue ese lugar al que pude volver una y otra vez.

Aurora y Ezequiel llegaron a nuestras vidas de una manera que jamás habríamos imaginado. Su historia transformó mi forma de mirar la maternidad, mi familia y la vida. Y hoy, al mirar hacia atrás, agradezco cada avance, cada abrazo y cada día que nos acercó a ese momento que tanto soñamos: volver a casa juntos.