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Un ACV después del parto y la culpa de no poder ser la mamá que imaginaba

por Cecilia Ortiz

Un ACV después del parto y la culpa de no poder ser la mamá que imaginaba

Soy Cecilia Ortiz, tengo 39 años, soy abogada y vivo en Buenos Aires, Argentina. Estoy casada con Juan, el amor de mi vida, a quien conozco hace más de 20 años, y juntos tenemos una hija, Julia, que hoy tiene tres años y medio.

Cinco días después del nacimiento de mi hija por cesárea, sufrí un accidente cerebrovascular (ACV) hemorrágico, un derrame cerebral que paralizó la mitad izquierda de mi cuerpo. Nunca imaginé que algo así podía pasarme. Había tenido un embarazo sin complicaciones, siempre fui una persona sana y activa, tenía la presión baja y no presentaba factores de riesgo conocidos que hicieran pensar que podía vivir algo así.

Todo comenzó con un dolor de cabeza indescriptible, que apareció durante la cuarta noche después del parto. Era tan intenso que no podía dormir. En un momento me tomé la presión y estaba muy alta, pero al día siguiente teníamos que llevar a Julia a un control porque tenía la bilirrubina elevada. Me concentré tanto en ella que terminé dejando mi propio malestar en segundo plano.

Hoy pienso que conocía algunas señales de alerta, pero nunca imaginé que podía estar teniendo un ACV. Después de parir, parece que una deja de existir como persona y todo gira en torno a la guagua. Yo misma minimicé lo que me estaba pasando.

Al día siguiente, le dije a Juan que no podía más y que necesitaba dormir una siesta. Le pasé a Julia y, media hora después, desperté con un dolor de cabeza todavía más intenso. Quise levantarme y no pude. Me caí, aunque nunca perdí el conocimiento. Fui sintiendo cómo mi cuerpo dejaba de responder.

Mi hermana, que es médica, me hizo algunas preguntas por teléfono y me pidió que repitiera una frase para evaluar cómo estaba hablando. Yo sabía lo que quería decir, pero las palabras me salían extrañas. Ya tenía la mitad de la cara paralizada.

Me trasladaron de urgencia al hospital y, después de una tomografía, detectaron un sangrado en el lado derecho del cerebro. Eso explicaba por qué estaba comprometido todo el lado izquierdo de mi cuerpo: el rostro, el brazo, la mano, la pierna y el pie.

No tenía un aneurisma ni una malformación conocida que explicara lo ocurrido. Finalmente, el episodio se relacionó con las complicaciones que pueden aparecer durante el puerperio, un período en el que el cuerpo atraviesa importantes cambios hormonales y metabólicos. En un comienzo, algunos médicos hablaron de preeclampsia posparto, aunque hubo diferencias respecto del diagnóstico.

Lo cierto es que, de un momento a otro, mi vida cambió por completo.

## Aprender a vivir con una nueva realidad

Estuve diez días hospitalizada, seis de ellos en terapia intensiva. Fueron días muy duros y no pude estar con Julia durante ese tiempo. Mi mayor preocupación era qué iba a pasar conmigo, cómo iba a quedar y cómo podría cuidar a mi hija.

Cuando finalmente recibí el alta, comenzó una etapa que emocionalmente fue incluso más difícil que la hospitalización: aceptar que, al menos temporalmente, tenía una discapacidad.

Volver a encontrarme con Julia fue hermoso, pero también doloroso. Si lloraba, no podía acercarme sola a su cuna para consolarla. No podía tomarla en brazos ni prepararle una mamadera sin ayuda. Tenía muchas ganas de cuidarla y estar con ella, pero mi cuerpo no respondía como antes.

Tuve una red de apoyo increíble. Juan, mi familia y mis amigos hicieron todo lo posible para acompañarme y cuidar de Julia. Mi suegro, por ejemplo, me ayudaba a sostenerla para que pudiera intentar bañarla utilizando el brazo que sí funcionaba.

Aun así, era difícil aceptar que yo no podía hacer cosas tan cotidianas como caminar o mover el brazo para acercarme a mi hija. Es muy difícil explicar la sensación de intentar darle una orden a tu propio cuerpo y que este no responda. Además, sentía impulsos eléctricos y dolor neuropático en las extremidades afectadas. Había momentos en que el dolor era tan intenso que sentía que no podía soportarlo más.

La recuperación requirió mucha rehabilitación, paciencia y esfuerzo. Al mes ya estaba caminando, aunque recuperar el movimiento del rostro y del brazo, especialmente de la mano, tomó mucho más tiempo. También fui recuperando lentamente mi rapidez mental. Volví a trabajar a los nueve meses y, con el tiempo, recuperé completamente mi sonrisa.

Hoy los dedos de mi mano izquierda siguen un poco más lentos y continúo en tratamiento, pero mi realidad es muy distinta. Sé que tuve muchísima suerte de estar viva y de haberme recuperado tanto.

Sin embargo, mientras intentaba recuperar mi salud, también estaba enfrentando algo que me generó mucha angustia: la culpa de sentir que no estaba pudiendo ser la mamá que se suponía que debía ser.

## La lactancia y una culpa que no necesitaba

La lactancia fue uno de los aspectos más difíciles de todo este proceso. Mientras estuve internada, tuve que extraerme leche, no para dársela a Julia, porque la medicación que recibía no era compatible con la lactancia, sino para evitar complicaciones. Hasta que conseguimos un sacaleches por nuestros propios medios, la alternativa que me ofrecieron fue extraer la leche con una jeringa cortada, haciendo vacío. Para mí fue una situación muy incómoda y difícil de vivir.

Además, recibí presiones para continuar con la lactancia, sin que siempre se considerara suficientemente mi estado de salud ni lo que estaba viviendo. Yo estaba en terapia intensiva después de un ACV y, aun así, parecía que también tenía que preocuparme por cumplir con las expectativas sobre cómo debía ser una buena madre.

Una de las cosas que más me marcó fue que se cuestionara la posibilidad de que Julia y yo perdiéramos nuestra conexión por no poder amamantarla durante esos primeros días. Cuando me enteré de esos comentarios, me generaron una angustia enorme.

Las culpas no venían solamente de afuera. Yo también me preguntaba para qué servía como mamá si no podía cuidar a mi hija. Sentía que la había traído al mundo y que, justo cuando más me necesitaba, no podía estar como había imaginado.

Después, cuando volví a casa, esa sensación continuó. Escuchaba llorar a Julia y no siempre podía acercarme a su cuna. Aunque al mes ya caminaba, mi brazo seguía paralizado y no podía tomarla en brazos ni prepararle una mamadera por mi cuenta.

Incluso meses después, cuando había comenzado a recuperarme, seguía encontrándome con comentarios sobre la lactancia. En una ocasión, durante una visita para vacunar a Julia, me preguntaron por qué no le daba pecho. Cuando expliqué que había tenido un problema de salud, sentí que debía justificar una decisión que estaba directamente relacionada con una emergencia médica que casi me cuesta la vida.

Con el tiempo, entendí cuánto pesa la idea de que una buena madre debe poder hacerlo todo, incluso a costa de su propia salud. Parece que las madres no podemos tener una emergencia médica, que no podemos necesitar ayuda ni atravesar una situación que nos impida cumplir con todo lo que se espera de nosotras.

Creo que muchas veces la sociedad nos pone en una posición muy difícil. Incluso cuando estás postrada y no puedes mover la mitad de tu cuerpo, puedes llegar a sentir culpa por no estar con tu hija o no poder darle pecho. Como si ser madre significara dejar de ser persona, como si nuestras necesidades físicas y emocionales tuvieran que quedar siempre en segundo plano.

## El vínculo no se perdió

Con el tiempo, empecé a entender que ser mamá no significaba hacer todo por mí misma ni cumplir con una única manera de criar.

No podía darle pecho, pero sí podía preparar una pila de almohadones, apoyar ahí el brazo que no funcionaba y darle la mamadera. No podía hacerle upa como me hubiera gustado, pero podía pedir que me la acomodaran sobre el pecho para que durmiéramos juntas una siesta.

Encontré otras formas de estar con ella, de cuidarla y de construir nuestro vínculo. Y eso fue muy importante para mí, porque durante mucho tiempo había sentido que me estaba perdiendo una parte fundamental de la maternidad.

Hoy sé que no era cierto. Nuestra conexión no se perdió por no haber podido amamantarla ni por haber pasado esos primeros días separadas. El vínculo se fue construyendo a través de nuestra historia, de los cuidados, del amor y de todas las maneras en que pude estar presente.

También aprendí que la culpa puede aparecer en situaciones muy distintas. Después de mi recuperación, por ejemplo, quise viajar unos días con amigos y personas cercanas. Aunque necesitaba ese espacio después de todo lo que había vivido, me encontré nuevamente con cuestionamientos por dejar a mi hija. Me hizo pensar en cómo esas mismas decisiones suelen mirarse de manera diferente cuando quien se ausenta es el papá.

Las madres también necesitamos descansar, recuperar espacios propios y hacer cosas por nosotras mismas. Eso no nos hace menos madres ni significa que queramos menos a nuestros hijos.

## Hablar del puerperio también es cuidar a las madres

Con el tiempo, conocí a otras personas que habían pasado por episodios similares. También supe de mujeres que, al priorizar su salud y buscar atención médica a tiempo, lograron recibir ayuda antes de llegar a sufrir consecuencias tan graves. Y conocí historias de mujeres que hoy ya no están con nosotros para contar lo que vivieron.

Por eso considero tan importante hablar de las complicaciones que pueden aparecer durante el puerperio, incluso después de un embarazo saludable y en mujeres sin factores de riesgo conocidos. Necesitamos que esta información llegue a más personas, fuera de los espacios médicos y académicos, con un lenguaje claro y cercano.

No cuento mi historia para asustar a otras mujeres, sino para generar conciencia. Quisiera que podamos hablar más de lo que ocurre después del parto, que las madres se sientan escuchadas y que no tengan que restarle importancia a sus síntomas por miedo a parecer exageradas.

La recuperación requiere mucho trabajo, rehabilitación, apoyo psicológico y acompañamiento de la familia. Pero también implica aceptar lo que pasó, lo que nos perdimos y lo que fuimos ganando en el camino.

Hoy soy una mujer y una mamá que ha podido retomar su vida, quizás con más herramientas para enfrentar situaciones difíciles. Mi matrimonio con Juan y la familia que formamos se fortalecieron con esta experiencia, aunque no se la desearía a nadie. Julia está creciendo y convirtiéndose en una niña increíblemente dulce e inteligente, y estoy orgullosa de la familia que hemos construido.

Si algo quisiera transmitir con mi historia, es que ser mamá no significa dejar de ser persona. Podemos amar profundamente a nuestros hijos y, al mismo tiempo, necesitar ayuda, atención y tiempo para recuperarnos. Nuestra salud también importa y cuidarnos no nos hace menos madres.

Aprendí que no siempre podemos estar de la manera que imaginábamos, pero eso no significa que no estemos. A veces podemos tomar a nuestros hijos en brazos y otras veces necesitamos que alguien nos ayude a acercarlos. A veces podemos darles pecho y otras veces encontramos otras formas de alimentarlos y acompañarlos.

La conexión no se perdió. Aprendí que ser mamá es estar desde donde se puede.