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Criar a un hijo cuando una misma creció sintiéndose abandonada

por Sara Arenas

Criar a un hijo cuando una misma creció sintiéndose abandonada

Durante gran parte de mi vida sentí que no pertenecía a ningún lugar. Crecí con una sensación de abandono que me acompañó desde muy pequeña y que marcó mi infancia, mi adolescencia y la forma en que aprendí a relacionarme con los demás. Nunca imaginé que, años después, mi propia maternidad me llevaría a enfrentar muchas de esas heridas mientras intentaba construir una vida diferente para mi hijo.

Mi historia comenzó con una infancia difícil. Nací producto de una infidelidad y, cuando era muy pequeña, mi mamá me dejó en un hogar. Tiempo después, mi papá obtuvo mi custodia y me llevó a vivir con él, pero crecer en esa familia no fue sencillo. Pasaba gran parte del tiempo al cuidado de otras personas y, cuando mi papá volvió con su esposa y sus otras hijas, nunca logré sentir que realmente pertenecía a ese hogar.

Nunca me permitieron llamar mamá a mi madrastra. Me recordaban constantemente que ella no era mi mamá y crecí sin tener a quién llamar así. A eso se sumaron experiencias muy dolorosas durante mi infancia, entre ellas el abuso sexual por parte de un familiar cercano y años de bullying por no tener mamá. Escuché muchas veces que nadie me quería y que otros niños no debían juntarse conmigo. Esas palabras y experiencias dejaron heridas que me acompañaron durante mucho tiempo.

A los 18 años quedé embarazada. Cuando mi familia se enteró, me echaron de la casa. Mi papá dejó de hablarme durante gran parte del embarazo y tuve que buscar dónde vivir mientras intentaba enfrentar el miedo y la incertidumbre de convertirme en mamá. Fueron meses de mucha soledad y depresión, en los que tuve que empezar a encontrar mi propio camino sin el apoyo que necesitaba.

Cuando nació mi hijo Gaspar, pensé que las cosas comenzarían a mejorar. Sin embargo, a los 15 días de vida, tuve una infección que inicialmente confundieron con COVID y nos separaron durante una semana completa. Escuchaba a mi hijo llorar, pero no podía tocarlo ni abrazarlo. Finalmente, se confirmó que tenía mastitis, pero esa separación me marcó profundamente y terminó afectando nuestra lactancia. Fue muy doloroso no poder estar con él justo cuando más necesitaba sentirlo cerca.

Tiempo después me fui a vivir con el papá de Gaspar. Durante años pensé que nuestra relación era normal, hasta que, a través de terapia, pude reconocer que había vivido violencia física y psicológica. Hubo golpes, infidelidades y situaciones que llegué a normalizar porque estaba acostumbrada a sobrevivir. Finalmente, nos separamos cuando mi hijo tenía dos años.

Después de la separación viví uno de los episodios más difíciles de mi vida. Fui agredida físicamente por el papá de mi hijo y su pareja de ese momento. Terminé con una fractura de nariz y Gaspar también resultó afectado. A pesar de las denuncias y los procesos judiciales, se determinó que debía seguir existiendo contacto entre su papá y él. Ha sido una situación muy difícil de enfrentar y cuyas consecuencias siguen presentes en nuestras vidas.

Hoy crío sola a Gaspar, que pronto cumplirá seis años. Es un niño neurodivergente, con TDAH, dificultades sensoriales y trastorno oposicionista desafiante. Nuestra rutina está llena de terapias, médicos, colegio y responsabilidades. Muchas veces también debo enfrentar la mirada de personas que no conocen nuestra realidad y que juzgan su comportamiento sin entender sus dificultades, o que me hacen sentir que no estoy haciendo las cosas bien como mamá.

No cuento con una red de apoyo real. Estudio Ingeniería en Marketing Digital, trabajo y me hago cargo de todo lo relacionado con mi hijo. Muchas veces lo llevo conmigo a clases, al trabajo, a sus terapias y a las distintas actividades de nuestra rutina. Hay días en que el cansancio es enorme y siento que ya no puedo más. Intentar responder a todas las responsabilidades mientras acompaño las necesidades de Gaspar es un desafío constante.

A veces pienso en todo lo que me ha tocado vivir y en lo difícil que ha sido avanzar sin tener esa red que tantas personas dan por sentada. He tenido que aprender muchas cosas sola, buscar ayuda, reconocer las heridas de mi infancia y entender que algunas experiencias que normalicé durante años no estaban bien. También he tenido que aprender a pedir ayuda y a mirar mi historia desde otro lugar.

Pero, en medio de todo, hay algo que me sostiene: mi hijo. Durante gran parte de mi vida sentí que no era importante para nadie, que no tenía un lugar propio y que debía arreglármelas sola. La llegada de Gaspar cambió mi manera de mirar la vida. Con él encontré un propósito y descubrí una fuerza que no sabía que tenía.

No significa que todo sea fácil ni que el amor haga desaparecer las dificultades. Hay días de agotamiento, miedo e incertidumbre. Hay momentos en que necesito detenerme y reconocer que también soy una persona que ha vivido mucho y que necesita cuidarse. Pero sigo adelante, intentando construir para Gaspar una vida en la que pueda sentirse querido, acompañado y comprendido.

Mi historia no es solamente la de una infancia difícil ni la de una maternidad llena de desafíos. También es la historia de una mujer que ha tenido que reconstruirse muchas veces, que está aprendiendo a sanar y que busca ofrecerle a su hijo algo distinto de lo que ella vivió.

Quiero compartir mi experiencia porque sé que hay muchas mujeres criando solas, enfrentando situaciones de violencia, acompañando a hijos con necesidades diferentes, trabajando y estudiando sin una red que las sostenga. Mujeres que muchas veces se sienten invisibles, que se exigen demasiado y que creen que deben poder con todo.

Me gustaría que supieran que no están solas, aunque a veces se sienta así. Que detrás de cada mamá hay una historia que los demás no siempre conocen y que no podemos medir su esfuerzo sin entender lo que está viviendo. También que pedir ayuda, reconocer el cansancio y buscar apoyo no nos hace menos capaces.

Hoy sigo luchando por construir una vida mejor para Gaspar y para mí. No tengo todas las respuestas y todavía hay situaciones que duelen, pero he aprendido que mi historia no tiene por qué definir todo lo que viene. Quiero seguir avanzando, sanar mis propias heridas y demostrarle a mi hijo que, incluso después de experiencias muy difíciles, es posible buscar nuevas oportunidades y construir un futuro diferente.