Entre la maternidad, la medicina y el sueño de convertirme en gineco-obstetra
por Angela Brugger

Soy Angela Brugger, tengo 37 años, soy venezolana-suiza, aunque siempre bromeo diciendo que de suiza tengo solamente el pasaporte. Estoy casada con Roberto desde 2014 y soy mamá de dos niños maravillosos que, como digo yo, tienen un poquito de locura. Soy médica, y aunque mi historia profesional y personal ha tenido muchos cambios, hay algo que siempre me ha acompañado: las ganas de cumplir mis sueños, incluso cuando la maternidad y la vida parecen poner todo cuesta arriba.
En 2015, por las circunstancias socioeconómicas de Venezuela, junto a mi marido decidimos venirnos a Chile. Desde entonces este país se convirtió en nuestro hogar. Aquí formamos nuestra familia, alcanzamos metas profesionales y personales muy importantes y construimos, con mucho trabajo y esfuerzo, la vida que tenemos hoy. Nos ha tocado trabajar de todo, incluso como garzones, pero miramos hacia atrás con mucho orgullo por todo lo que hemos logrado.
En 2016 rendí el EUNACOM y logré revalidar mi título de médica en Chile. Sin embargo, una semana antes de ese gran día viví una pérdida gestacional. Tuve un aborto espontáneo que, en cierta forma, quedó a medio procesar porque había que seguir adelante, cumplir con las responsabilidades y continuar con la vida.
Al año siguiente, un 14 de febrero, me enteré de que Pipe venía en camino. Era un embarazo muy deseado, pero también estuvo lleno de miedos por lo que habíamos vivido anteriormente. Además, tuve una hiperémesis gravídica muy intensa que hizo que esos meses fueran especialmente difíciles. Finalmente, el 26 de octubre de 2017, después de una inducción que no resultó, nació mi primer hijo por cesárea.
Yo pensaba que el nacimiento sería la parte más difícil, pero, mirando hacia atrás, creo que fue lo más sencillo de todo lo que vino después.

A pesar de que Pipe había sido un bebé muy esperado y planificado, mi postparto estuvo marcado por muchas circunstancias que no me permitieron disfrutarlo como había imaginado. Tuve depresión postparto y viví muchísimas dificultades con la lactancia. Sentía que no estaba haciendo las cosas bien, dudaba de cada decisión y, como mamá primeriza, muchas veces no sabía si lo que estaba haciendo era lo correcto. Recuerdo especialmente a Janet, mi asesora de lactancia, quien en ese momento fue un apoyo enorme y me ayudó muchísimo.
En medio de todo eso, también intentaba encontrar la manera de compatibilizar mi profesión con la maternidad. Trabajé en Atención Primaria de Salud (APS), pero siempre tuve presente un sueño que me acompañaba desde niña: convertirme en ginecóloga-obstetra.
En 2019 llegó Mateo, nuestro segundo hijo, un bebé muy deseado que vino a completar nuestra familia. Con él todo fue completamente diferente. Había aprendido a soltar muchas cosas, a confiar más y a vivir la maternidad de otra manera. Sentí que muchas cosas simplemente fluyeron.
Después llegó la pandemia, que puso a prueba nuestra estabilidad emocional, como creo que les pasó a muchísimas familias y especialmente a muchas mamás. Al mismo tiempo, comenzamos un camino de evaluaciones con terapeutas ocupacionales, neurólogos y fonoaudiólogos, porque Pipe había sido un hablante tardío y yo sentía que algo no estaba dentro de lo esperado. Después de buscar respuestas, recibió un diagnóstico dentro del espectro autista.

Ese proceso ha sido una verdadera montaña rusa. Ha significado aprender, adaptarnos, buscar herramientas y acompañarlo de una manera diferente. Es un tema del que podría hablar durante horas, porque ha sido una parte muy importante de nuestra historia familiar.
A pesar de todos estos desafíos, decidí postular a la beca de Ginecología y Obstetricia en la Universidad Católica. Con el apoyo de mi familia, quedé seleccionada y comenzó una de las etapas más exigentes de mi vida.
Fueron años duros, tanto en lo personal como en lo profesional. Puse a prueba mi vocación, mi paciencia, mi perseverancia y, sobre todo, mi capacidad de sostener tantas cosas al mismo tiempo. No fue un camino fácil. Como mamá, vivía constantemente en una dualidad: por un lado, estaba haciendo algo que había soñado desde niña, pero por otro, sentía que estaba dejando de lado a mis hijos y a mi familia.
Sabía que estaba haciendo ese postgrado por un deseo profesional propio, pero también entendía que, a largo plazo, sería algo que beneficiaría a toda nuestra familia. Aun así, esa sensación de culpa aparecía muchas veces.

Hubo noches en que no dormí estudiando, mientras mis hijos se quedaban dormidos en el sofá de la sala esperándome. Recuerdo incluso un día en que se acostaron frente a la puerta para intentar que no saliera a mi turno. Son momentos que se quedan grabados, porque una quiere estar en todas partes y acompañarlos en cada instante, pero también tiene sueños y responsabilidades que cumplir.
Durante la residencia tuve períodos depresivos importantes y necesité acompañamiento psicológico e incluso psiquiátrico. También me atrasé un poco en el postgrado. Aprendí que no siempre podemos cumplir los tiempos que imaginamos y que compararnos con otras personas solo hace más pesado el camino. Cada una tiene circunstancias distintas, redes de apoyo diferentes y desafíos que muchas veces no se ven desde afuera.
Con el apoyo de mi marido, mi familia y el acompañamiento profesional que necesité, pude seguir adelante. Fue un proceso de mucho aprendizaje, no solamente como médica, sino también como mujer y mamá.
Finalmente, el 23 de septiembre de 2026 rendí mi examen final del postgrado. ¡Por fin! Después de tanto tiempo, sentí que recuperaba mi vida. Volver a llegar a mi casa y tener tiempo para hacer algo distinto a estudiar era una sensación extraña, pero maravillosa. Me había acostumbrado tanto a vivir pendiente de los libros, los turnos y las evaluaciones que al principio no sabía muy bien qué hacer con ese tiempo libre.

Durante la beca también abrí mi Instagram personal. Quería mostrarles a otras mamás que muchas veces nuestros límites están en nuestra cabeza y que es posible perseguir los sueños, aunque el camino sea más largo o tenga que adaptarse a nuestra realidad. También sentía que no era tan común encontrar a otras mujeres que fueran mamás y estuvieran haciendo una especialidad médica. Quería visibilizar esa parte de mi vida y la verdad es que me encantaba compartirla. Por distintos motivos lo dejé un tiempo, pero tengo muchas ganas de retomarlo.
Y si creen que con terminar el postgrado ya se acabaron mis proyectos, ¡para nada! Mi familia siempre bromea con que cada vez que salgo a un turno vuelvo con algún invento nuevo, y creo que tienen razón: me cuesta quedarme quieta. Así que convencí a Roberto de invertir en inmuebles y, en abril de este año, junto a mi hermana, nos asociamos para abrir un local de uñas. ¡Sí, un local de uñas! Probablemente nadie se lo esperaba, pero así soy yo.
Cuando miro mi historia, veo muchos cambios, decisiones, desafíos y momentos en los que tuve que volver a empezar. He sido migrante, médica, mamá primeriza, mamá de un niño neurodivergente, estudiante de postgrado y una mujer que ha tenido que aprender a pedir ayuda cuando ya no podía con todo.
No comparto mi experiencia porque me considere una mamá superpoderosa ni porque crea que podemos hacerlo todo. Al contrario, sé lo difícil que puede ser sostener tantos roles y lo importante que es reconocer cuando necesitamos apoyo. También sé lo fácil que es sentir culpa por dedicar tiempo a nuestros propios sueños, especialmente cuando somos mamás.

Si hay algo que me gustaría transmitirles a otras mujeres es que la maternidad no tiene por qué significar renunciar a quienes somos ni a lo que soñamos hacer. Podemos amar profundamente a nuestros hijos y, al mismo tiempo, querer crecer profesionalmente, estudiar, emprender o perseguir una meta personal. Eso no nos convierte en malas madres.
A veces el camino toma más tiempo, otras veces necesitamos hacer pausas, cambiar los planes o pedir ayuda. Y está bien. No todas tenemos las mismas circunstancias ni las mismas redes de apoyo, por eso creo que es tan importante dejar de compararnos.
Hoy miro a mis hijos, a mi familia y todo lo que hemos construido en Chile, y me siento orgullosa del camino recorrido. Todavía tengo muchos proyectos e ideas dando vueltas en mi cabeza, porque claramente quedarme quieta no es lo mío. Pero, sobre todo, quiero seguir disfrutando de esta familia un poco loca que hemos construido y recordar que también merezco sentirme orgullosa de mis propios sueños y de todo lo que he logrado para cumplirlos.






